jueves, 15 de mayo de 2014

Fantasía Intergaláctica I






I – El Dios de cuatro patas.


                Ceres y  Fobos se enfrentaban en una batalla que parecía eterna. Fobos, comandando el ejército de su propio imperio, el cual forjó con su propia espada de quazarium, bajo un régimen brutal de poder. Ceres, lideraba a las fuerzas de liberación, que se defendía del imperio de Fobos y ha logrado frenar al imperio, con su arma máxima: El escudo de Quazarium.
                El quazarium era el material más poderoso del universo conocido. Forjado al azar en el núcleo de los quásares más grandes y antiguos tras su colapso, generalmente tomaba forma de fragmentos de cristales, sin embargo, dos de estos fragmentos poseían, uno, una forma alargada y puntiaguda que asemejaba al de una espada y otro plano y redondeado, con un arco en medio para ser sujetado como un escudo.
El quazarium es irrompible y libera enormes cantidades de energía, sin perder su fuerza. Por eso, Ceres y Fobos flotaban en el espacio, rodeados de polvo y hielo, sólo sus cascos y su armadura impedían que murieran por las extremas condiciones del vacío espacio. Y donde ahora sólo quedan un montón de piedras y tierra, antes había un planeta rocoso y desértico. Fue este sitio estratégico donde ambos frentes chocaron, pero tanto tiempo había pasado ya desde el inicio de esta guerra que ya los restos de este choque no existían más, ya todo se había destruido, demolido, desintegrado y hecho polvo por miles y miles de explosiones radioactivas producto del choque de la espada y el escudo de quazarium. Y sin embargo, Fobos seguía arremetiendo contra Ceres, quien usaba su escudo para defenderse.
No era la luz de una estrella que iluminaba el campo de batalla, tampoco la de miles de millones de estrellas. Eran miles de millones de galaxias que apuntaban hacia donde pasaría un planeta errante, ahora reducido a cenizas y carbón. Un planeta solitario que viajaba, sin orbitar una estrella, en lo más profundo del espacio, pero representaba un punto estratégico simbólico, pues era el principal centro de comunicaciones del Imperio, el repetidor más avanzado jamás construido, que comunicaba a todo el universo. Ahora completamente destruido.
…Y sin embargo, Fobos insistía en golpear el escudo de Ceres con su espada. Las galaxias se movían, chocaban, se alejaban, crecían y se destruían, eran tragadas por agujeros negros y el espacio crecía y crecía y ni Fobos ni Ceres se echaban para atrás. Sin embargo, tras tantos golpes, algo jamás visto comenzaba a suceder.
Tanto el escudo como la espada empezaron a emitir luz blanca que poco a poco iba aumentando. Primero era un pequeño destello, pero creció hasta irradiar intensamente. La emisión era tan poderosa que los cegaba, pero tras repetir el mismo ataque tantas veces, no necesitaba ver para poder realizar el movimiento con pericia. Fobos sujetó el mango de su espada con ambas manos, estiró su brazo y arremetió contra el escudo de Ceres. Un instante antes de que las piezas de quazarium se tocaran, el tiempo pareció desacelerarse hasta detenerse casi por completo. Entonces, la luz blanca se transformó en una sombra gris que se oscurecía hasta convertirse en un negro profundo.

Cuando Ceres abrió los ojos, el negro profundo aún lo cubría todo, sin embargo, ya no flotaba. Su cuerpo reposaba sobre arena y su pies se mojaban por el agua del mar. Su armadura ligera estaba destruida, exceptuando por su casco reforzado, del cual dependían sus sistemas de supervivencia. Una función de su casco era evitar que la luz intensa cegara al usuario y era tanta la luz y el calor que venían del cielo, que el casco se oscurecía por completo. Podía escuchar viento, incluso lluvia y ruidos tan variados que sólo podían provenir de un ecosistema completo lleno de seres vivos de diferentes formas.
De inmediato, recordó a su adversario, Fobos. Pero tenía el presentimiento de que no estaba cerca. Lo que sea que haya pasado, Ceres ya no estaba en el mismo lugar donde se encontraba antes de que todo se oscureciera. Tampoco sentía su escudo y sospechaba que la espada de Fobos, si es que aún existía, tampoco la tendría consigo.
Levantó su dorso y su cabello largo y blanco cayó hasta el suelo. Ajustó su casco manualmente, permitiendo que algo de luz entrara y pudo ver su alrededor. Una selva verde y vibrante bordeaba un mar o un gran lago, pues no podía ver el otro lado. El sonido de una tormenta era fácil de distinguir, sin absolutamente nada más que sus propias manos y su casco, su primera necesidad era construir un refugio, un lugar donde pueda descansar y pensar qué hacer.
Ceres caminó por la orilla de la playa, esperando buscar signos de vida inteligente, algún ser con el cual se pudiera comunicar y orientarlo de su ubicación en el tiempo-espacio. Pero sus primeras sospechas se acrecentaron conforme las dos estrellas que orbitaba ese planeta binario se ocultaban por el horizonte y aún no encontró ni un puerto, un barco o algún sonido electrónico o mecánico. Puros chirridos, chasquidos  y siseos de criaturas que apenas podría decirse que poseen algo parecido a un cerebro.
Sin ninguna herramienta, le costaría un trabajo titánico el construir un vehículo capaz de llevarla a un planeta civilizado. Tras la destrucción del centro de comunicaciones del imperio, todas las funciones automáticas de su casco estaban desactivadas y debían ser controladas manualmente. Afortunadamente, su equipo autónomo le permitió determinar que el aire poseía una calidad adecuada para ser respirado. Pero en esta selva salvaje y primitiva, no arriesgaría su seguridad por un poco de comodidad, mantuvo su casco que le pesaba sobre los hombros.
Sus pies le dolían, la noche estaba iluminada por dos lunas, parcialmente eclipsadas por 2 sombras, que proyectaban las 2 estrellas del sistema binario. Todo brillaba de un tono azul intenso. De las plantas verdes brotaban flores de patrones y formas jamás antes visto. Y entonces, todo aquello que antes parecía vibrante de vida, ahora rebosaba de esta. Por todos los rincones, de debajo de la arena, del mar, de los árboles y las plantas, detrás de cada roca, los animales surgían de sus escondites.
Era evidente para Ceres que la intensidad de los soles mantenía a la mayoría de las criaturas ocultas hasta la noche que era donde todos salían a alimentarse. Toda esta luz del día era aprovechada por las plantas, para convertirla en energía y alimento necesario para hacer brotar sus frutos y flores. En la noche los animales se alimentaban y fertilizaban la selva con sus cuerpos y desperdicios. Otros planetas similares estarían totalmente cubiertos de agua o con unas pequeñas partes rocosas expuestas, sin embargo, la vida ha cubierto ese lado del planeta y no ha necesitado desarrollar tecnología avanzada para sobrevivir.
Ceres encontró una cueva en unas rocas que sobresalían a corta distancia de la costa, adentrándose al mar. Era necesario nadar para llegar, pero sus pies rápido se asentaron en una zona baja y prácticamente caminó la mayor parte del trayecto. Desde ahí, pudo contemplar el espectáculo de la vida, en un desfile de complejidad organizada por miles de millones de vueltas alrededor de su estrella, que se repetía cada noche, sin falta, con la misma precisión, las mismas instrucciones, pero con un drama diferente, de crueldad y amor y valor, de muerte y vida. Hasta que salía el sol y todo se ocultaba.
Le tomó poco tiempo adaptarse a la vida en ese planeta, su prioridad era averiguar dónde estaba, así sabría qué tanto tendría que viajar o cuán avanzada debía ser su comunicación para encontrar ayuda y regresar a la civilización. Pero las estrellas que veía en el cielo en la noche no le eran familiares, ninguna constelación o sistema le era familiar. Así viajó por todo el globo, siempre a pie. Vio el planeta darle la vuelta a sus estrellas cien veces hasta que decidió establecerse para comenzar a desarrollar la tecnología que, aún con su conocimiento avanzado, vería los soles salir por el horizonte y meterse miles de veces antes de permitirle si quería conseguir el hierro para hacer un martillo. Si iba salir de ese planeta, necesitaría ayuda.
De todas las especies que observó en sus travesías en este planeta que llamó Amazonia, un grupo en particular le llamó la atención. Seres de ocho extremidades como tentáculos ágiles y que, de alguna u otra forma consciente, usaban herramientas. Ya sea que sujetaran una rama y la jalaran para alcanzar algún fruto o que tomaran una piedra para romper una cáscara. Poseían ojos grandes y brillantes y prácticamente eran una cabeza con un cuello y tentáculos. De este grupo de seres, una especie parecía ser la más inteligente de todas. Estas criaturas, que Ceres llamó octosapiens, a diferencia de la gran mayoría, vivía en grupos pequeños familiares.
Los octópodos parecían haber nacido en el agua pero, dada la intensidad de la jungla, fue para ellos una necesidad de aprender a salir de esa agua y trepar por los árboles. Todos eran ágiles trepadores, pero, los octosapiens vivían en un lugar único. El mundo entero era una selva con algunos mares, pero en una zona de considerable tamaño, prácticamente sólo hay rocas y montañas. Una extraña formación, que parecería una cicatriz en la corteza de Amazonia. Los Octosapiens encontraron refugio y comida en ese sitio, pero debieron atrofiar sus habilidades para trepar y desarrollar sus habilidades para ajustar su entorno a sus necesidades.
Ceres analizó la conducta de estos seres, por miles y miles de años, sin embargo, nunca desarrollaban ciencia ni civilización. Como si estuvieran estancados en una vida rutinaria, sin una necesidad real de desarrollar algo mejor. Ella sabía que para que estos seres desarrollaran la tecnología que anhelaba, tendría que darles un empujón, orientarlos, con su conocimiento, hacia el camino de la ciencia.
En su tiempo de cavilación y exploración, Ceres construyó un fuerte en una de las rocas de la zona montañosa donde los octosapiens vivían. En múltiples ocasiones, ella vio como los octópodos repelían a depredadores lanzándoles piedras y palos. Eran de un cuarto del tamaño de Ceres, pero seis de sus ocho tentáculos eran tan fuertes que podían arrancar extremidades o sacar ojos de sus cuencas. Otra cosa que notó fueron  sus dos tentáculos superiores. Los más cercanos a sus cabezas. Cuando estos seres se aproximaban entre sí, agitaban estos tentáculos de cierta forma y cuando encontraban comida lo hacían de otra. Era como si pudieran manifestar ideas a través de señales con sus tentáculos.
Con cautela, Ceres se acercó a las criaturas. Primero les llevaba alimentos que ella misma cazaba. Generalmente otros octópodos de mayor tamaño, pero menor inteligencia. A estas alturas, Ceres poseía una esplendorosa armadura de bronce, un escudo de madera, ropa de pieles escamosas y el arma más poderosa que existía en ese planeta: Una espada de hierro. No siempre vestía su casco. Sin energía, le era más un estorbo que una ventaja, pero, sin duda, entre sus objetivos era volver a cargarlo y utilizar sus herramientas avanzadas de medición y comunicaciones.
Tras diez años de interactuar con las criaturas, entendía su lenguaje. Tan primitiva como pudiera ser una comunicación con esos tentáculos, Ceres usaba sus dedos y brazos para simular extremidades flácidas de forma que pudiera comunicarse con los octosapiens. La primera idea que les transmitió utilizando este lenguaje y que los octosapiens captaron efectivamente fue “Hola, amigo”. Los seres que presenciaron este evento se impactaron y uno de ellos le preguntó estupefacto “¿Amigo?”, a lo que Ceres contestó agitando sus brazos para hacer los signos equivalentes a “Sí, amigo” y después hizo una señal abriendo los dedos de sus palmas, un signo que los octópodos no podrían hacer y que para ellos vendría a significa su nombre “Ceres”.
Así comenzó su aproximación a estas criaturas, siempre con la intención de lograr que ellos desarrollaran civilización y tecnología. Sin embargo, los octosapiens no eran criaturas brillantes. Podían aprender algunas cosas elementales, pero carecían de una capacidad intelectual superior como la que poseían los seres tecnológicamente más avanzados. Intentó enseñarles a fabricar herramientas complejas, como anzuelos o arcos y flechas. Pero los octosapiens carecían de visión, podían usar el arco, pero simplemente no comprendían la ventaja que le daba el uso de herramientas complicadas.
El planeta tenía pocos mares y ningún océano, pero prácticamente estaba “sumergido” en una lluvia constante que aminoraba durante el día, pero arreciaba al caer la noche. Por esta razón, el uso del fuego le fue demasiado difícil para que los octosapiens lo dominaran. Sin fuego ni herramientas complejas, jamás evolucionaría su tecnología, nunca tendrían ciencia y posiblemente jamás saldría de ese planeta. Simplemente, los octosapiens no eran tan inteligentes. Ni ellos ni ninguna otra especie en ese planeta tenía la capacidad intelectual para construir civilizaciones y descubrir la ciencia.
A menos que Fobos haya tenido una suerte igual o peor, era seguro que no había olvidado a Ceres y, si descubría un mundo civilizado, volvería a rearmar su ejército, levantar su imperio y la buscaría para destruirla de una vez por todas, asegurando su victoria y la conquista del universo.
Ceres se había resignado a fabricar sus utensilios por sí misma. Tenía un alto horno en el cual podía fundir el hierro y el bronce. Pero para sintetizar sustancias avanzadas que necesitaba para fabricar dispositivos de avanzada le era indispensable una sociedad industrializada.
Cuando no estaba picando piedra o explorando en búsqueda de químicos útiles en toda Amazonia, Ceres se comunicaba con los Octosapiens, tratando de obtener tanta información como sus pequeñas mentes pudieran acumular. La mayoría decía cosas que ella ya sabía. Que hay depredadores peligrosos al norte de sus cuevas, que si escasea la comida o que mataron a una bestia como una montaña. Para Ceres era como hablar con niños pequeños, contándole las hazañas de sus primeros pasos. Pero había un movimiento que hacían con sus tentáculos que ella no comprendía bien.
En ocasiones, cuando los octosapiens se comunicaban con Ceres, mencionaban una palabra que siempre la confundía. Siempre sugerían que esa palabra tenía cualidades únicas, como si fuera un ser especial que desafiara la lógica. Este ser aparecía y desaparecía sin dejar rastro. A veces se presentaba ante ellos, les advertía de algún problema y casi siempre este se volvía verdad (insinuando que podía predecir el futuro). Ceres pensaba que los primitivos cerebros de los octópodos les llevaba a creer en fenómenos sobrenaturales imposibles o en mal interpretar hechos reales de forma que su pobre conocimiento le permite entender.
Ceres aprendió a imitar con sus brazos los movimientos de los tentáculos de los octópodos cuando se referían a este ser, al cual, para ella era una especie de “mago, brujo, hechicero” o, pensaba ella que con suerte sería un animal inteligente con tecnología capaz de permitirle viajar rápidamente, como si apareciera y desapareciera, y pronosticar el clima y otros eventos, como si pudiera ver el futuro.
Con las señales del mago, preguntó a cada familia de octosapiens que encontraba, a cada grupo, comunidad y tribu. Su travesía duró tanto que temía que el animal del cual hablaran hubiera fallecido tiempo atrás, pero incluso esta posibilidad le podría dar la ventaja de quedarse con aquello que el mago hubiera dejado, especialmente tecnología o herramientas. Curiosamente, mientras más pistas guiaban a Ceres hacia donde sea que el mago pudiese estar, ella comenzaba a sentirse vigilada. Como si comenzara a creer en las supersticiones y las leyendas que le contaran los octópodos.
Exploró todas las cuevas de las montañas rocosas, pues todo indicaba que el mago habitó una “cueva iluminada por dentro”, lo que hacía pensar a Ceres que era una cueva oscura con antorchas o linternas de algún tipo. Sin embargo, tras indagar más a profundidad, descubrió que la cueva fue “tragada por la selva”. Esta idea le dio ánimos a Ceres, pues podría ser que lo que los octópodos pensaban que era una cueva, posiblemente era una nave que cayó en medio de la selva y fue cubierta. De ser así, dependiendo del daño, podría dar un brinco enorme que le permitiera continuar con su misión.
Los relatos más antiguos decían que el mago construyó su guarida del día a la noche y que cuando apareció hizo un estruendo. Entonces Ceres buscó los puntos más altos de la selva. Exceptuando por la zona rocosa donde vivían los octosapiens, el planeta carecía de montañas, sólo algunos cerros pequeños, en su mayoría productos de meteoritos que rara vez impactaban. Aún cuando la selva haya cubierto este refugio, su forma sobresaldría por sobre las copas de los árboles. Y así fue como encontró, después de casi cien años, la guarida del hechicero.



II – El Mago.

 Para Ceres le fue evidente y decepcionante el hallar la guarida, pues podía notar a simple vista que la forma irregular de este sitio era el producto de la colisión de un meteorito y no de una nave espacial. Se trataba de un pequeño valle en cuyo centro rocas enormes con cristales sobresalían, de las cuales las raíces de algunas plantas se aferraban débilmente. No había un sendero o algo que indicara la presencia de un animal más grande.
Al momento en que puso un pie dentro de la cueva, no pudo observar ninguna antorcha o linterna, pero tampoco había oscuridad. Era como si se iluminara por adentro. En las paredes estaban los primeros signos de cultura que Ceres había visto en milenios: Torpes puntos y líneas de lodo, que claramente asemejaban a las estrellas. También tuvo una extraña sensación. Esa idea de que alguien la observaba o seguía, se convirtió en una certeza, como si aquello que se ocultara dentro de la cueva supiera que tenía compañía.
Cuando Ceres dobló en una esquina, desenvainó su espada y asumió posición de combate en un solo movimiento. De frente se manifestó un guerrero tan alto como ella, con una armadura de hierro, escudo de madera y una espada que superaba en tamaño al de la astronauta. Los ojos del guerrero brillaban rojos como una estrella moribunda y con una furia descomunal, arremetió contra Ceres, la cual, ágilmente evadió el golpe y contra atacó lanzando la punta de su espada hacia el dorso del guerrero de la armadura de hierro. Pero no sólo su espada lo atravesó, sino que todo su cuerpo lo pasó como si fuera una neblina. Al voltear, el guerrero desapareció en un instante y, al fondo de la cueva, estaba un ser que parecía más una planta que un animal.
De inmediato, Ceres reconoció a este ser como una criatura extraordinaria. Estar ante su presencia era algo magnífico, como el deleite que siente una criatura curiosa al investigar pero al nivel de un orgasmo. Su cuerpo carecía de fortaleza, por lo cual estaba desparramado sobre un montón de rocas en el fondo de esa cueva. Era similar a cualquier octópodo que habitaba Amazonia, pero su cabeza era algo que Ceres nunca había visto, ni si quiera en otros planetas. Ceres vio la cabeza del octópodo como un gran lago, del cual surgían riachuelos que eran sus tentáculos. Parecía que el ser se escurriría de ese rincón húmedo, pero su cuerpo se mantenía firme como una roca.
Ceres, con el valor característico de su especie, se acercó al mago. Al momento, los grandes ojos como un puño del octópodo se abrieron ligeramente, entonces Ceres tuvo una visión horripilante, como si nada existiera y no pudiera sentir ni percibir nada. Experimentó algo peor que la muerte, como la no existencia. Habrá pasado menos que un parpadeo entre que dio ese paso y cayó de rodillas en el suelo de la cueva. Al instante, la guerrera sintió temor y respeto por esta criatura. Aún no se habían saludado y ya había recibido varias muestras de su poder, un poder superior al de cualquier tecnología que ella no podía entender.
Mirando fijamente al octópodo, supuso que no era necesario usar sus brazos para comunicarse con él. Usaría, por primera vez en milenios (exceptuando algunas injurias que exclamó durante diversos accidentes que tuvo en Amazonia), su lengua materna que se expresaba a través del habla. Pero al abrir la boca para presentarse, a su cabeza llegó una idea. Cuando prestó atención a esta idea, se dio cuenta que era su nombre, podía escuchar su nombre en su cabeza, como si lo estuviera leyendo en un texto escrito. De inmediato supo lo que su mente se negaba a creer.
Los poderes del mago iban más allá de la lógica de Ceres, ella veía lo que pasaba, pero aún con sus conocimientos avanzados, quizá de los más avanzados en el multiverso, era incapaz de entender cómo. Entonces, el mago inició una conversación con Ceres, pero él anticipaba cada pensamiento de ella y respondía antes de que la pregunta fuera hecha —Sí, puedo leer tus pensamientos y tú escuchar los míos— Le decía el mago, a través de la telepatía—Yo se que te llamas a ti misma Ceres y que deseas viajar a otro mundo. Buscas a Fobos y deseas destruirlo—.
Ceres no emitía palabra alguna o movía algún músculo. Este octópodo la dejó estupefacta con sus capacidades y apenas había pasado el tiempo en que una hoja cae de la copa del árbol más alto desde que ella entró a la cueva —Yo provengo de una especie antigua de lo que tú llamas octópodos. No éramos más inteligentes que otros octópodos. Una noche, la selva fue golpeada por una bola de fuego, todos corrieron a buscar refugio, pero yo estaba justo en el camino de esta bola. Cuando explotó, mi cuerpo se desintegró, pero algo pasó que cuando el fuego se apagó, la roca se enfrió y mi cuerpo volvió a la vida—.
—Al principio no entendía nada, pero con el pasar del tiempo mi cuerpo se fue reconstituyendo, hasta tomar la forma que tiene ahora: Deforme. Pero mi discapacidad me llevó a desarrollar las únicas habilidades de las que disponía. Con un cerebro tan grande, al principio usé la telequinesis para saciar mi hambre, luego empecé a explorar áreas que, sin este órgano súper desarrollado, jamás hubieran pasado por la mente de ningún ser de esta selva, hasta alcanzar un nivel de comprensión del multiverso que sobrepasa a casi todas las especies y seres vivos en él—.
—Yo se que tú deseas mis poderes, pero con tu capacidad intelectual inferior no serás capaz de aprender estas habilidades, no intentes destruirme o te enviaré a un lugar de donde no podrás regresar jamás— Entonces, el tiempo siguió su marcha. Ceres parpadeó nuevamente y trataba de respirar para procesar todo lo que había llegado a su cabeza por ese instante. No se rendiría ante la frustración. Quizá no podía entender cómo es que un ser en una cueva, era capaz de utilizar su mente para tales hazañas, pero ella misma había presenciado sus poderes en carne y mente propia, seguro aprendería mucho de este ser.
—Entonces, pondremos a prueba la capacidad de los de tu especie— llegó como un mensaje a la cabeza de Ceres. Y así inició su entrenamiento en el dominio de la magia, la cual, el octópodo insistía en llamar de esta forma, puesto que la ciencia con la que Ceres fue educada era primitiva e insuficiente para describir los fenómenos de sus poderes mentales. Ceres siempre insistía al octópodo en que le explicara los pasos, que pusiera ejemplos, que le diera la información o los datos necesarios para aprender. Pero El Mago le explicaba siempre que para hacer magia no debía aprender, sino olvidar. No debía llenar su mente de ideas, sino vaciarla. Olvidar cualquier estímulo externo, concentrarse únicamente en el universo como un todo, verlo en la partícula más pequeña.
—Tu ciencia te dice que hay leyes que no se pueden romper, yo no rompo esas leyes, sólo las modifico.  No debo darte ningún valor, pues tú eres quien debe determinarlos. Así podrás viajar por el tiempo y el espacio, más rápido que la luz, estar en múltiples lugares a la vez. Y la clave no está allá afuera, sino adentro. Todo lo que necesitas saber ya lo sabes, sólo debes observar de nuevo, desde una perspectiva diferente— Ceres escuchaba los discursos del Mago atentamente y practicaba su meditación. Al principio el enojo la frenaba, pero el octópodo la sorprendía con nuevas muestras de su poder y entonces retomaba su entrenamiento.
Mientras Ceres escalaba una roca, bastante inusual en este planeta, que era cientos de veces más alta que ella, escuchaba en su cabeza las enseñanzas del mago — No pienses, sólo debes hacer que las cosas pasen. No hay regla que no se pueda romper, no hay hecho que no se pueda reescribir— Sus músculos le quemaban por el dolor, pero su mente le decía que siguiera, a esa altura, si caía, sería una muerte instantánea, no tenía dónde descansar, su única opción era seguir escalando hasta el final. Su lógica le decía que era imposible, pero no sólo ya había presenciado lo imposible sino que su única salida dependía de poder abrir su mente a una nueva forma de entendimiento del universo. La forma del mago, del hechicero octópodo.
Con frecuencia, el mago ordenaba a Ceres que se abstuviera de comer o beber agua, conductas vitales para su especie, tal como sus conocimientos médicos le sesgaban, pero el mago reiteraba su sabiduría —Tu cuerpo no existe—le decía a Ceres telepáticamente, mientras ella flotaba boca abajo en el agua, en medio de un lago— …es sólo una proyección de tu consciencia. Mientras tu mente se mantengan consciente, existirás, cuando dejes de tener consciencia de ti mismo, el universo y tú dejarán de existir. Lo único que te mantiene vivo es tu propia voluntad de seguir adelante, tú haces que las cosas pasen—.
De todas las guerras, batallas, combates, adversidades, problemas y obstáculos con los que Ceres se había enfrentado, el romper todas sus creencias había sido el más difícil. El olvidar y aprender de nuevo eran la montaña, el hambre y la sed. El olvidar lo aprendido y reaprender eran más amenazantes que Fobos y Ceres estaba más vulnerable ante estos. Sin embargo, la paciencia y perseverancia típicas de su especie, le permitieron dominar la magia del octópodo, si bien no comprendía bien su funcionamiento, aprendió a usarlo como una herramienta para cumplir un fin. Algo que el octópodo adjudicaba a un cerebro forjado por millones de años de creencias, que eran más fuertes que cualquier entrenamiento nuevo. Quizá algún día olvidaría su deseo de venganza, pero mientras tanto, su poder no sería absoluto. Nunca estaría al nivel del mago.
Esto a Ceres no le importaba. Se esforzaba por seguir siempre desarrollando sus nuevos poderes. Sentada frente al octópodo, en el suelo de la cueva. Sus ojos y su boca estaban semi-abiertos, pero su mente se encontraba mucho más lejos.
Al sur de amazonia, Ceres veía las copas de los árboles, los frutos, sentía el calor de los dos soles que iluminaban el planeta. Y, mirando hacia una de las dos lunas que lo orbitaban, podía observar su superficie, verse a sí misma en esa tierra árida, rodeada de cráteres y polvo, viendo al planeta verde y azul en la oscuridad y uno de los soles saliendo por un lado. Entonces, miraba las estrellas lejanas. Al fijarse detenidamente en una de ellas, sabía de inmediato cuántos exoplanetas tenía y, en menos de un parpadeo, aparecía cerca de esa estrella, viendo los planetas. Entonces, buscó en el cielo galaxias cercanas y se teletransportó a ellas. Así, debía recorrer decenas de galaxias antes de encontrar un solo planeta con vida y esta vida siempre era tan primitiva como simples microorganismos o una fina capa de musgo que cubría todo. Pero su búsqueda incesante no pararía hasta hallar y destruir a su enemigo mortal: Fobos.



III – El Imperio del mal.

En un sector luminoso del multiverso, en uno de los clústeres de galaxias más populosos, la tecnología vibraba. No había un planeta en las mil galaxias de este súper clúster que no estuviera comunicado a través de la tecnología. Las decenas de civilizaciones que convivían, en cierta paz, prosperaron gracias al intercambio comercial cósmico. Y de todas las culturas, grupos y organizaciones, El Imperio era quien las dominaba a todas.
Fobos, autoproclamado Emperador del multiverso, forjó un ejército de los mejores guerreros del universo, unificando a todas las naciones y especies guerreras bajo su mando, controlando así la seguridad de las zonas comerciales estratégicas, amasando una fortuna que era invertida en su totalidad en El Imperio, su propio ejército personal y sistema de cobro de impuestos. El poder de este imperio sólo era superado por su brutalidad, pues el perdón no existía para El Emperador, sólo sus reglas y su palabra eran lo único que le importaba.
Cuando Ceres llegó al primer planeta civilizando, habitada por animales emplumados y sin extremidades que vivían en metrópolis luminosas, viajando con su mente, manifestando su cuerpo en una de estas ciudades, prácticamente lo primero que notó fue la propaganda del Imperio. En todos los medios de comunicación de ese planeta, que iban desde pantallas gigantes que se proyectaban en el cielo, hasta desfiles holográficos de las tropas imperiales. Por todos lados, Fobos había dejado la huella de su yugo. La sangre de Ceres hervía. Su carne volvía a sentir la emoción del asesinato, conmoción que pensaba olvidada tras sus años de entrenamiento.
Tal como la propaganda indicaba, la capital del imperio estaba situada en un sistema de dos planetas errantes, carentes de estrella, que se orbitaban uno al otro llamados Krull y Krom. El más grande de estos planetas errantes, Krom, servía de base central, juzgado supremo y en él se situaba el trono del emperador, desde donde dirigía todas sus operaciones. La seguridad de este lugar era impenetrable, aún si todos los ejércitos del universo se unificaran en su contra. El otro planeta, Krull, que parecía un satélite grande, estaba equipado específicamente para defender al planeta Krom y al emperador Fobos. Alrededor de estos planetas, orbitaba un cinturón de asteroides, cada uno de los cuales poseía bases para las naves espaciales del Imperio, listas para el desplegué de millones de soldados en cualquier parte del universo.
Fobos, sentado en su trono dorado, ahora vestía una armadura completa de Quazarium. Quizá la casualidad más inédita del universo, que sólo tuvo lugar después de miles de millones de años y una exploración de todos los quásares del universo, la armadura encajaba exactamente con su cuerpo y lo hacía imposible ser destruido. Aparte de esta armadura, poseía una espada y un escudo, ambos también de quazarium negro, que le servían tanto de arma como de defensa y con las cuales cimentó la fuerza de su imperio. Junto con la armadura, el escudo y la espada. Fobos recolectó Quazarium por todo el universo y lo convirtió en diferentes tipos  de armas que sólo él podía usar: Un mazo, lanzas y dagas y espadas cortas. Los cientos de comandantes que rodeaban el trono del emperador, también estaban equipados con lanzas con puntas de quazarium.
El resto del ejército Imperial poseía las armas avanzadas que la ciencia podía fabricar. Rifles capaces de golpear a un objetivo de una galaxia a otra con un ciento por ciento de precisión, cañones que pueden destruir planetas y antenas que podrían hacer explotar estrellas. Otras tropas, con naves espaciales invisibles a todo tipo de detección, disponían de bombas de materia oscura que destruirían los agujeros negros súper masivos en los centros de las galaxias e iniciarían una reacción en cadena en cada estrella de esas galaxias, destruyéndolas junto con los planetas, lunas y todo lo que lo orbite y esté lo suficientemente cerca. Algunas veces que estas bombas fueron detonadas, más de una galaxia se desintegró por la reacción en cadena.
Ceres contemplaba a lo lejos los planetas Krull y Krom. Sabía dónde estaba el emperador y le costaba trabajo contener el impulso de aparecer frente a él y decirle que era el fin. Tan sólo comunicarle telepáticamente sobre su presencia podría alertar al sistema de seguridad más avanzado del universo. Pero los poderes de Ceres no se comparaban con los de nadie más, excepto con su maestro, el mago, que jamás daría uso de sus poderes para matar a otro ser. Lo único que la detenía era el placer de saber que llegó el momento que había esperado desde hace miles de millones de años. Su venganza estaría completa, cumpliría su objetivo.
Cuando Ceres abrió los ojos, tenía de frente a Fobos, El emperador, tan cerca que con estirar su brazo podría tocar su hombro. Ella flotaba frente a él, quien estaba paralizado ante su aparición, sentado en su trono dorado. Como una lluvia, las balas arremetieron contra Ceres, atravesando su cabeza, su pecho, su abdomen, sus muslos y sus manos y explotando al impactar el suelo. La destrucción de este impacto creó un hueco como el cráter de un meteorito, donde antes estaba el trono dorado de Fobos. Sus comandantes se cubrieron detrás de escudos de energía que los protegieron de los disparos de millones de soldados que apuntaron hacia Ceres. Cuando estas balas golpeaban la armadura de Fobos, esta despedía rayos y energía que destruían todo a su paso, sin embargo, el Quazarium no sufría ni si quiera un rasguño, mucho menos Fobos quien permanecía a salvo dentro de esta.
Cuando el polvo y el humo se despejaron, la confusión y el espanto sobresaltaron a las fuerzas imperiales quienes claramente observaban a Ceres flotar, carente de daño alguno., frente al emperador. Los comandantes activaron sus sistemas de propulsión y salieron volando con sus lanzas hacia ella, pero el cuerpo de Ceres era etéreo, pertenecía a un plano diferente, intocable para sus instrumentos, inentendible para su ciencia. Algunas bombas fueron disparadas para que detonaran donde ella se encontraba, pero era inútil. No se trataba de un holograma. Era ella, Ceres, quien se encontraba ahí. Era su cuerpo que manifestó con el poder de su mente.
Era imposible que Fobos, El Emperador, entendiera lo que a Ceres le tomó miles de años de apenas alcanzar a comprender. Los poderes de la guerrera sobrepasaban a cualquier arma del imperio. Fobos arremetió con su espada de Quazarium y cuando el filo de la hoja tocó el cuerpo de Ceres la fuerza del rebote la aceleró tanto que se convirtió en luz que se esparció por todo el universo. Entonces, ella extendió su brazo al frente y tocó el casco de Fobos con la gentileza con la que se toca una flor. Fobos quiso alejarse, pero estaba anclado a Ceres que lo sujetaba de su casco y por más que forcejeaba le era imposible soltarse.
Cuando cesaron los intentos de Fobos por alejarse de Ceres, ella lo soltó y apretó su puño fuertemente. Entonces, El Emperador cayó al suelo y se retorció de dolor. Otra avalancha de balazos fue disparada hacia la guerrera, sin que un solo cabello de ella vibrara o se agitara. Disfrutaba el momento, su victoria era casi total, sólo extendía el sufrimiento de su enemigo por placer, pero ese juego le aburrió rápidamente y concentró su poder en su máxima arma.
Ceres miró a Fobos por última vez. No lo mataría, le haría algo peor que la muerte. Lo llevaría al oblivon, al olvido absoluto, a la inexistencia. Una dimensión que no está conectada con ninguna otra, donde el tiempo y el espacio no existen, donde su mente se mantendrá atrapada, eternamente, sin que pueda salir, sin que pueda morir, sin que pueda existir. Ceres creó esta dimensión como una jaula para encerrar a Fobos. Mientras ella existiera, él jamás podría escaparse. Pero Ceres no podía ser herida, podía estar en cualquier lugar del universo a voluntad, no necesitaba comer o beber agua y sus armas sobrepasaban al de todos los ejércitos del universo juntos sumados al ejército imperial. Se había convertido en el ser más poderoso del Universo.
Con este poder, Ceres desvaneció el cuerpo y mente de Fobos al Oblivion. Y donde antes estaba Fobos ahora ya no había nada. La guerrera contempló ese espacio vacío por unos instantes, regocijándose ante su victoria. Le había tomado miles de millones de años detener a Fobos y su imperio. El acabarlo todo en tan corto tiempo le amargaba su logro. Pero su decisión era clara, Fobos ya no existía y no era razón más de preocupación. Aún estaba rodeada del ejército más poderoso del universo.
Con firme semblanza volteó hacia los comandantes imperiales, quienes se cubrían detrás de sus escudos de energía, para evitar recibir balazos de los soldados que apuntaban hacia el campo de batalla, se dirigió hacia ellos hablando como si los tuviera cara a cara, aún cuando se encontraban a decenas de metros de distancia — Fobos, El Emperador, era conocido por su poder y su crueldad…— todos bajaron sus armas, cuando claramente escucharon estas palabras en sus cabezas, en su lenguaje materno —… Yo soy Ceres, su emperador cuestionó mi poder y ahora ya no existe más…. ¿Hay alguien que quiera cuestionar mi crueldad?— y los vio directo a los ojos hasta que uno de ellos gritó, titubeando levemente —¡SALVE, CERES, EMPERADORA DEL UNIVERSO!— A lo que el resto de los comandantes repitieron al unísono ¡¡SALVE, CERES, EMPERADORA DEL UNIVERSO!!

FIN

Introducción.

     Aún existe en el mundo gente que no cree en la ciencia. Que piensan que la ciencia arruina las cosas con las explicaciones, que destruye a la magia y a la fantasía con su empirismo, que nos deja sin misterios que resolver y que cierra las puertas de la imaginación.
No hay nada menos acertado que esto. La ciencia es la herramienta que sirve para hacer más poderosa la mente humana. La ciencia expande nuestros conocimientos, nos da un marco más amplio para dejar volar la imaginación, la ciencia nos da más utencilios y más finos, que nos permiten crear detalles que la no-ciencia, el salvajismo, jamás alcanzaría.

La ciencia ficción, es el resultado del científico imaginando.

Y este blog, es el resultado de esa imaginación.